La ciudad y la vida buena
La filosofía clásica no sólo nació en la ciudad sino que la ciudad fue entendida como el ámbito idóneo para desarrollar los fines de la filosofía y el potencial de la naturaleza humana. Por ello, tanto la polis griega como la civitas romana fueron concebidas como una realidad política y jurídica, no como un mero agregado humano o arquitectónico. El ideal ciceroniano que identifica la ciudad como una comunidad de derecho para la búsqueda de un beneficio compartido permeará buena parte del pensamiento político occidental hasta nuestros días. Consiguientemente, la virtud ligada a la vida en ciudad, la civilidad, no puede ser una virtud privada. Si los habitantes de la ciudad han de aprender las competencias sociales de la civilidad, el espacio urbano debe ser compartido por sus habitantes como sujetos públicos, de ahí el nexo semántico con la idea de urbanidad.
Los espacios urbanos como ámbitos simbólicos
Las ciudades, como realidades permanentemente inacabadas, constituyen auténticos archivos de la memoria. Hasta cierto punto las formas urbanas pueden leerse como un texto, como expresión de las ideas e intereses de las comunidades que las erigieron, de la identidad de sus habitantes y de la manera en que se ha ejercido el poder en ellas. Para leer una ciudad necesitamos conocer su historia, su organización social y económica, su traza urbana y patrimonio edilicio, así como los relatos que narran cómo la ciudad ha llegado a ser lo que es y cómo fue vista por sus coetáneos. La ciudad se nos muestra en este sentido como un espacio normativamente mediado, como una materialización de las ideas, los valores y los intereses que han contribuido a configurar su imagen, real o figurada, a lo largo del tiempo.
Los contextos urbanos de la justicia
Los estudios urbanos contemporáneos han terminado por reconectar los intereses de la ética social con la estética del entorno construido. Un